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Disruptive Political Thinking

2018-09-03

¿Llegarán las urnas de la sustitución?

Se cumple una década de transformación y fractura en el sistema político español. Después de la indignación, la canalización, la consolidación y el agravio, una nueva incógnita se sitúa en el centro del tablero electoral: la sustitución de los partidos tradicionales por los emergentes.

Este verano se han cumplido 10 años desde que comenzó la crisis económica más profunda y transformadora de la historia reciente de nuestro país. Las elecciones celebradas en marzo de 2008 dieron como resultado la mayor concentración política que se había conocido en la España democrática: solo dos partidos, PSOE y PP, sumaron el 84% del voto y el 92% de los escaños en el Congreso. Diez años más tarde, la primera moción de censura exitosa en 40 años de vigencia de nuestra Constitución ha llevado al socialista Pedro Sánchez al Palacio de la Moncloa. España ha pasado de su máxima concentración política a la mayor fragmentación electoral, en lo que podríamos llamar la "década de la fractura".

 

La tormenta era perfecta. Durante los años de crecimiento económico desordenado la desafección hacia el sistema sobrevoló el debate público, pero no cuajó hasta que el tiempo y la crisis arrollaron todo a su paso. Las soluciones políticas propuestas ni fueron eficaces ni resultaron del agrado de los ciudadanos, aumentó el malestar, y la desafección social encontró cauces de expresión propios de una democracia ya consolidada: por un lado, la movilización ciudadana, y, por otro, el vuelco electoral.

 

Así, comenzaron a sucederse las manifestaciones en las calles de nuestro país, y la crítica general al funcionamiento de la democracia era –y es– la bandera compartida por una mayoría de españoles. En ese contexto el Partido Popular recibió la mayor acumulación de poder territorial de la democracia, un cheque en blanco. Pero estos cauces eran síntomas y no paliativos de una nueva era, LA ERA DE LA INDIGNACIÓN, que se había larvado antes del estallido de la crisis y estaba en pleno apogeo.

 

Entre finales del año 2012 y el verano de 2014 más de la mitad de los españoles no escogía ningún partido cuando se le preguntaba en las encuestas, la desafección parecía imparable.

 

Por eso, la alternancia en el poder no mejoró el clima de opinión y desde los primeros meses del nuevo Gobierno del PP, se generó un sentimiento de orfandad en el electorado. Entre finales del año 2012 y el verano de 2014 más de la mitad de los españoles no escogía ningún partido cuando se le preguntaba en las encuestas, la desafección parecía imparable. Las referencias tradicionales se desvanecían, las demandas sociales no encontraban respuesta y un nuevo factor de cambio haría su entrada en escena, la corrupción.

 

Pablo Casado | Fuente: Partido Popular.

 

Entonces llegaron las elecciones europeas de 2014. Con ellas, la tensión electoral sirvió de cauce democrático a esa indignación latente del "no nos representan" y, por primera vez en la historia, las dos principales fuerzas políticas no alcanzaron siquiera el 50% de los votos. En ese momento se comenzaba una nueva etapa, la ERA DE LA CANALIZACIÓN.

 

Las elecciones de 2015 y la posterior repetición electoral de 2016 institucionalizaron la indignación.

 

El descontento y la desafección, exacerbados por los peores años de la crisis, encontraron un vehículo electoral con el que volver al circuito institucional: el voto de castigo que, en un primer momento, fue capitalizado –al menos en las encuestas– por una fuerza política de corte populista inédita en nuestra democracia: Podemos.

 

A finales de 2014, con el estruendo de la Operación Púnica y el escándalo de las tarjetas black, el CIS estimaba que Podemos, un partido con apenas unos meses de vida, conseguiría el 22,5% de los votos y en enero superaría al PSOE alcanzando el 23,9%, su registro más alto de la serie.

 

La llegada de Ciudadanos a principios de 2015, como alternativa moderada a Podemos, provocó un efecto renovador. El sistema bipartidista padecía un fuerte desgaste y quedaban pocos meses para el nacimiento de un tablero político multipartidista inédito en España. Las elecciones de 2015 y la posterior repetición electoral de 2016 institucionalizaron la indignación.

 

El PP siguió siendo la primera fuerza política en España, aunque la transformación del sistema político continuó su marcha y lejos de apaciguar la desafección canalizada democráticamente, ha servido de acicate para un nuevo entorno de cambio. El tetrapartidismo intercambiable, donde cuatro fuerzas se reparten volátilmente el 90% de los votos, ha virado el escenario sociopolítico de la racionalidad a las emociones múltiples. España ha entrado en la ERA DEL AGRAVIO: el sentimiento se impone sobre el argumento, la identidad predomina sobre el interés general y el corto prevalece sobre el largo plazo.

 

Demandas que resonaban en las calles hace años vuelven a ser hoy declinadas en una suerte de 15M de lenta combustión. Hasta la moción de censura de junio, las pensiones, las equiparaciones salariales de funcionarios o las brechas entre el hombre y la mujer, entre otros, eran asuntos que estaban aflorando con fuerza en el debate público. Además, la percepción sobre la situación política lleva más de cinco años en cotas negativas muy altas y contrasta con la percepción sobre la economía, lo que genera una percepción dual, es decir, una disonancia cognitiva profunda entre dos esferas indisociables en la realidad.

 

Sin embargo, la primera moción de censura que prospera en democracia y la consiguiente alternancia en el Gobierno por un partido socialista renacido, han actuado como una suerte de game changer inesperado en esta década de la fractura. Y así lo refleja el barómetro de julio realizado por el CIS, publicado a primeros de agosto, que tiene un valor reducido en cuanto a la intención de voto ya que el contexto de las entrevistas se desarrolló en plena campaña de primarias en el PP, pero arroja conclusiones que son interesantes.

 

Las principales fuerzas políticas se están reconfigurando. El PP pierde la condición de primer partido en los barómetros del CIS por primera vez en 9 años. El PSOE se sitúa primero catapultado por su llegada al poder. Ciudadanos frena su progresión y Podemos obtiene el peor resultado de la legislatura.

 

El conjunto de las encuestas publicadas posteriormente parece confirmar las reacciones iniciales. La batalla por la hegemonía en la izquierda parece despejarse, aunque sería prematuro darla por cerrada. El foco se centra ahora en el centro derecha. El sorpasso de C`s sobre el PP ya se ha producido en algunos sectores del electorado. Por ejemplo, en todos los segmentos de edad entre los menores de 55 años, entre la mitad del electorado que vive en los municipios más poblados, entre los activos en edad de trabajar y en las clases más dinámicas de la economía.

 

Es previsible que el inicio de curso político sea intenso y que la incertidumbre cotice al alza en el mercado demoscópico. Habrá que esperar al menos unos meses para ver cómo se reordena el panorama político tras la vuelta del verano. La tensión territorial, el debate sobre un patriotismo renovado, la cuestión migratoria o la defensa de la igualdad entre españoles, son elementos que sin duda tendrán un impacto decisivo en la contienda electoral mediata.

 

La precampaña de municipales, autonómicas y europeas, junto con andaluzas, está prácticamente en marcha. Una pregunta flota en el aire: en esta etapa que comienza, ¿viviremos un reemplazo del bipartidismo tradicional por el emergente, aunque sea parcial? Aún es pronto para saber si se hará realidad el nuevo desafío electoral que se dibuja en el horizonte: la ERA DE LA SUSTITUCIÓN.

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